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12 Abril 2013
Sin ética personal no hay ética empresarial

Estos días cuando la crisis parece que no tiene fin, cuando los casos de corrupción afloran por todas partes, evidenciando que en el ejercicio de la profesión los intereses que mueven a las personas y a las organizaciones no están siempre regidos por los valores que tendría que tener lo comportamiento humano, todo el mundo debería preguntarse hasta cuando la ética profesional y la ética empresarial puede existir sin encuadrarla en la ética en el sentido más amplio; es decir, en el comportamiento cotidiano de las personas, ya sea en las relaciones interpersonales, en la convivencia y en respecto al planeta Tierra, que no es nuestro, es sólo un préstamo que nos hacen las futuras generaciones. Creo que no hay ética profesional ni ética empresarial sin asumir que un buen profesional, un buen emprendedor, o un buen directivo o empresario tiene que ser buen ser humano. Sin esta condición que es necesaria e imprescindible la ética es sólo un papel escrito, algo que sirve para las operaciones de marketing o para justificar actuaciones inexplicables. Ciertamente los seres humanos somos acción, pensamiento y sentimientos, tres componentes que sólo cuando son sinérgicos y simbióticos aflora la coherencia. Consecuentemente, actuar éticamente comporta en primer lugar ser coherente. Coherentes en las actuaciones propias, profesionales o como ciudadano, y en las colectivas que se encuadran en el despliegue empresarial. Actuar desde la coherencia implica desarrollarse según los valores que tiñen el comportamiento, es entonces cuando se puede hablar de ética profesional y empresarial, ni antes ni después. Son los valores lo que hacen que cuando se apela a la ética empresarial, para justificar las actuaciones, las palabras no sean algo vacío, retórica para justificar lo injustificable o para dar la espalda al sufrimiento ajeno, fruto de los desequilibrios crecientes que logra la sociedad. Una sociedad cada vez más fragmentada y en la cual, amparándose en "hay que actuar con profesionalidad", a menudo se mira hacia otro lado aparcando la coherencia y buscando la comodidad, o manteniendo las posiciones de teórico privilegio o posición dominante. Los valores son los que sustentan la ética en general, y muy especialmente la ética empresarial para garantizar la alineación de todo el equipo al actuar de acuerdo con aquello que es deseable, y a la vez echar lo que es despreciable y no se debe hacer. Valores que no pueden ignorar la realidad socioeconómica, ni los aspectos asociados a los desequilibrios medioambientales y los imprescindibles criterios en relación a la sostenibilidad, ni el legítimo progreso social, ni mucho menos puede ignorar que todo desarrollo empresarial tiene que ir acompañado del desarrollo profesional de sus miembros y a la conciliación del mismo con el desarrollo personal, aspectos que no pueden menospreciar la tradicional e injusta discriminación de género que sufren las mujeres en una sociedad que, aprovechando la maternidad, aparta de puestos de responsabilidad a personas altamente preparadas y comprometidas. Unos valores que tienen que guiar el desarrollo productivo de la empresa en un contexto de una sociedad y una cultura cada vez más global, heterogénea, desequilibrada y desregulada. Todo un conjunto de valores que tienen que regir las actuaciones de cada uno de los miembros de la empresa. Consecuentemente, la ética empresarial es algo que tiene que impregnar la actuación de cada uno de los miembros de la organización, a todos sin exclusiones, de tal manera que sólo se logrará el reto de actuar con los valores asociados -actuar de acuerdo con lo que es deseable y echar lo que no es deseable- si en el sí de la empresa cada uno de sus miembros lo interiorizan como código de conducta propio. Entonces el grupo se convierte en equipo, un punto de unión que comporta que sus miembros practiquen la coherencia en un marco de responsabilidad, lealtad, transparencia y honestidad. Unos valores que pasan de la empresa hacia el exterior y que oblicuan a que ella, como organización, sea a la vez corresponsable del progreso colectivo y el bien común. La ética empresarial, en consecuencia, no es sólo un conjunto de valores y principios escritos y divulgados, sino que es una cultura lograda para todos y cada uno de sus miembros, con un triple objetivo: trabajar por la eficiencia, hacer más con menos; posibilitar el crecimiento humano y personal de cada uno de sus miembros, sin exclusiones, y poniendo sólo como límite la voluntad y las propias capacidades; y en tercer lugar lograr una plena sintonía con la sociedad donde se desarrolla, aceptando el reto de corresponsabilidad en el desarrollo colectivo y el progreso social. Consecuentemente, la ética empresarial está íntimamente ligada a la ética profesional, a la forma de ejercer la actividad profesional, y esta con el comportamiento y los valores que rigen el día a día de cada ser humano. Este último aspecto es el fundamento del edificio ético de toda organización, puesto que obliga a que cada persona se cuestione si sus actuaciones se encuadran en los valores que comportan que cada persona actúe con coherencia, y a la vez a pensar en la sociedad en la que todo el mundo está inmerso, sabiendo que lo que se desarrolla busca el progreso empresarial, respetando y facilitando el desarrollo colectivo. Ética personal, actuando desde la coherencia, ética profesional desarrollando la actividad en el marco de asunción de los principios y valores que impregnan la organización, son los dos pilares que permiten lograr la ética empresarial, y no al revés, puesto que una vez más habría que entender que en libertad son las personas las que hacen la organización y no la organización hace las personas. Antoni Garrell i Guiu 12.04.2013