Artículos
03 Octubre 2009
Requisitos del buen diseñador

Vivimos en una sociedad altamente competitiva, especialmente en los países dónde se dispone de una elevada calidad de vida y la oferta sobrepasa la demanda. Competir en estos entornos no es sólo cuestión de precio, la clave reside en la seducción de los productos y la riqueza de su contenido o valor aportado. Es en este contexto altamente competitivo dónde surge la revalorización del diseño como el elemento clave, puesto que la estética es sólo el componente que aglutina de forma simbiótica y armónica las funcionalidades aportadas, la facilidad de utilización, un uso ajustado a las exigencias ambientales y costes asociados, la adecuación a los requisitos de fabricación, la idoneidad de los componentes o materiales que lo configuran; en definitiva la integración en el mismo de los adelantos técnicos-científicos que permiten satisfacer las necesidades, de usarlos de forma sostenible y de acuerdo con las tendencias y exigencias de los mercados y marcos reguladores. Por ésto el diseño es una profesión en creciente expansión en aquellas empresas y colectivos que han interiorizado la necesidad de competir en los mercados globales, haciéndolo por valor y no por coste. Una expansión que todavía no han logrado de manera significativa la totalidad de las empresas, especialmente las de menor tamaño que representan un alto porcentaje del tejido empresarial, que no han hecho suyas con plenitud lo que representa el diseño y los importantes beneficios que se derivan de su integración en la empresa. En este contexto debe comprenderse que el diseño es un proceso metodológico, estructurado, que combina metodología científica y herramientas de expresión para pasar de las ideas a los productos o los servicios. Un proceso capaz de crear o aportar mejoras sustanciales, que se convierte en el motor de la innovación de las empresas, tanto de los productos que fabrican como en la imagen de la empresa, de las estrategias de acceso a los mercados, y que posibilita que el producto, durante todo su ciclo de vida, siga aportando valor al usuario con criterios de adaptabilidad y no malversación de recursos. Siendo clave la aportación del diseño al progreso económico y social de los colectivos humanos, resulta evidente que la capacitación de los profesionales, tanto con respecto a sus actitudes como en sus aptitudes, resulta fundamental por lograr las potencialidades derivadas de la innovación, especialmente en producto, en la comunicación con los mercados, y en los beneficios derivados de aumentar la capacidad competitiva. La capacitación en diseño, es decir otorgar la capacidad para canalizar la capacidad creativa, y el talento hacia el proceso de diseño es sin duda el reto de toda sociedad que aspire a la innovación en un contexto socioeconómico de sostenibilidad, globalización, cambios permanentes, legislaciones asimétricas, adelantos científicos acelerados, acceso libre al conocimiento, redes globales de intercambio y divulgación del saber, obsolescencia acelerada,.. etc. Es decir, todos aquellos aspectos que caracterizan la sociedad y la economía del conocimiento; En definitiva para aquellos colectivos humanos capaces de convertir la información en conocimiento, colocándolo en el núcleo central de toda su actividad, asumiendo que el conocimiento es la única primera materia inagotable y que cuanto más intensivamente se comparte, más crece y más grandes potencialidades aporta. Los diseñadores actuales, -y en consecuencia la formación que reciban aquellos con capacidad para asumir el rol que la sociedad y la empresa requiere de los diseñadores-, no pueden descuidar aquellos aspectos consustanciales a su actividad, es decir, superando los que los otorgan una buena capacidad para canalizar la creatividad en productos, aquellos relacionados a potenciar la capacidad de análisis, síntesis, habilidades proyectuales en entornos pluridisciplinarios, y el dominio de las herramientas e instrumentos requeridos para plasmar las soluciones aportadas. La formación del diseño debe proporcionar a los futuros diseñadores una elevada capacidad de interacción en entornos heterogéneos, aportando capacidad de integración interdisciplinaria; Un alto nivel de observación, mirada exógena, es decir, de aproximación a los mercados globales para detectar sus necesidades explícitas o implícitas y saber establecer la dirección correcta en el proceso de diseño; una elevada capacidad de liderazgo para aglutinar y gestionar, con criterios de tiempos y coste -cosa que exige una buena planificación y control- equipos plurales dónde intervienen tantos científicos, tecnólogos, como entre otros, especialistas ambientales, de marketing, de producción, de comunicación, y de costes. Una gran capacidad de comunicación verbal y escrita, puesto que únicamente de este modo se puede trabajar con el indispensable equipo, presencial o telemáticamente, y se podrá ajustar la relación entre el diseño y el cliente o el resto de departamentos de la organización, una comunicación que se arraiga en el compromiso del diseñador con la innovación, la rentabilidad y progreso de las organizaciones dónde trabaja, unos aspectos que obligan a saber conjuntar requerimientos y objetivos que pueden llegar a estar contrapuestos; Amplios conocimientos del sistema empresa en todos sus componentes, ya sean comerciales, financieros, productivos o de R+D+y, de sus modelos de organización e instrumentos de gestión; Actitud proactiva para asumir el riesgo asociado al que es nuevo, al desafío de imposible o a la utopía de ayer, actitud indispensable para abordar la innovación y el progreso. Capacidad para canalizar la creatividad en productos, capacidad de interacción, alto nivel de observación, capacidad de trabajo en equipo y de liderazgo, capacidad de comunicación verbal y escrita, amplios conocimientos del sistema empresa, y actitud proactiva ante el riesgo. Son los 7 aspectos que determinan el camino del éxito de todo buen diseñador, y en consecuencia el éxito de las empresas u organizaciones que, asumiendo la importancia del diseño, lo han interiorizado y convertido en el motor de su actuación, y la palanca que los proyecta a un futuro seguro, más allá de las dificultades coyunturales o complejidades estructurales. Antoni Garrell i Guiu Fundació FUNDIT Sabadell 3 de octubre de 2009.