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14 Enero 2007
La competitividad en el siglo XXI requiere una sociedad libre y con acceso abierto al conocimiento

El autor ilustra la argumentación centrándose en la función del diseño, como un camino eficaz de construcción de canales para la apertura de las herramientas, las cosas y los conocimientos. La globalización económica iniciada como un recurso al alcance únicamente de aquellos con capacidad de acceso a la tecnología y los conocimientos más avanzados,-lo que se denominó en su día "nuevas tecnologías" -, se ha convertido en universal, tanto desde el vertiente del alcance como desde el número de empresas e instituciones que pueden acceder. Al menos, esto es así para la mayor parte del llamado ’primer mundo’ y ciertamente es así en nuestra casa. El hecho de la universalización es cada vez más posible gracias a la progresiva ’democratización’ de la tecnología telemática, y la apertura del conocimiento, un hecho que ha espoleado la evolución desde la Globalización económica en la globalización social, no sólo de la mano de los instrumentos de comunicación reglados o regulados, sino también mediante las redes informales surgidas a través de Internet y otros canales de comunicación e información que día a día llenan nuestro marco relacional. La globalización social lleva a la aparición de cambios culturales que por primera vez no sólo acompañados de los intercambios comerciales o de la intervención en los asuntos políticos de otras naciones de todo el planeta con episodios de menor o mayor violencia. Sirva como ejemplo la identidad cultural mediterránea con raíces fenicias, o la colonización europea de Asia y América modificando la cultura autóctona. Ahora, el nuevo marco donde se desarrolla la globalización social-y por tanto una cierta uniformización cultural, conjuntamente con una reafirmación identitaria-está estrechamente ligado a una doble componente: por un lado el desarrollo tecnológico y la deslocalización productiva, y por otro a los aspectos derivados del flujo informacional, que no entiende ni de horarios ni fronteras, y el del reclamo del bienestar y la hiperconsumo de ciertos países o colectivos. Hoy en día hay que considerar que esta cultura, como rasgo que caracteriza a los colectivos humanos, arraigada en la globalización económica y social va acompañada de otra cultura emergente que no tiene límites. Me refiero a la cibercultura, un hecho sociológico, como antropológico, que se produce en el ciberespacio, un hecho no que puede ser tratado como un hecho aislado o como "una curiosidad sociológica" sino que es una realidad que en gran parte es lo que permite arraigar la cultura global y promover las transformaciones sociales que empujan de este a oeste y de norte a sur. Unas transformaciones aparentemente basadas en el fluir libre del conocimiento en una sociedad abierta y plural. Una nueva sociedad, una nueva cultura que nace libre, independiente, anárquica, desregularizada y que en ciertos aspectos tiene mucho de creación primogénitos, pero que se sustenta en el uso de recursos no naturales, en conocimientos a menudo no públicos, sujetos a distorsiones y ruidos de fondo, y como tal muy sensibles a las políticas en cuanto al acceso de la información, los recursos y los mercados. Como tal, una sociedad que para desarrollarse más allá del voluntarismo en los momentos primogénitos, necesita de recursos, dado que su desarrollo y expansión pasa fundamentalmente por las capacidades de las sociedades prósperas y de las que pretenden serlo. Unas capacidades y una prosperidad que van más allá de sus condiciones económicas y que tienen más que ver con sus capacidades culturales colectivas, en su preparación formal e informal para la nueva era, en su capacidad para entender y actuar coordinadamente con una perspectiva común y clara de la gran importancia del momento actual. Así, son y serán claves la capacidad de inversión, de generación de recursos, de voluntad de solidaridad-que no es caridad-, en la universalidad del acceso a los servicios y los saberes, y en la asunción del bien supremo del conocimiento: algo que cuanto más en mujeres más tienes. Todo ello nos sitúa, en definitiva, ante el reto de asumir los nuevos paradigmas de la sociedad del conocimiento a caballo de los retos de la productividad, la investigación y la innovación y la globalización. En esta línea hay que entender y asumir que la irrupción de la revolución científico-técnica y el proceso de internacionalización y liberalización mundial origina nuevos desafíos políticos, económicos, culturales y sociales en todas partes. Lentamente los paradigmas que caracterizaban la sociedad industrial han ido cambiando al ritmo que han marcado las continuas oleadas de innovación, apoyadas en la tecnología computacional y telemática, acelerando el proceso de obsolescencia de las organizaciones sociales, empresariales y de las formas de ejercer el poder que los ciudadanos otorgan a las Administraciones. Todos percibimos que las reglas en que se fundamentan las pautas de relación social, los modelos educativos, los procesos de generación de valor económico, los criterios para la toma de decisión, las conductas y los valores están cambiando. Ahora, con independencia del grado de formación y capacidad de discernir entre la falsedad o la certeza, los profesionales y los ciudadanos disponen de más información que cualquier generación precedente. El correcto uso de las informaciones, determina el potencial de los individuos, al igual que condiciona la capacidad de generar bienestar, progreso y competitividad a aquellos colectivos humanos que tienen la capacidad de acceder y utilizarlas con libertad. Estamos sumergidos en un proceso de cambio, que conforma lenta pero inexorablemente la nueva cultura que impregna los ciudadanos más comprometidos en la nueva etapa evolutiva que el mundo entero, y muy especialmente las sociedades prósperas y los ciudadanos con capacidad de acceder a la red, abordan sin tener bien acotados los retos y desafíos a afrontar. La globalización económica, social e informacional es un hecho. Ahora bien, la globalización y el mestizaje social no es nada nuevo, ya que la primera oleada globalizadora se convirtió en una realidad a finales del siglo XIX y principios del XX (un proceso similar al de la globalización actual se produjo entre 1870 y 1914), y este es un hecho a considerar para aprender de los errores y avanzar con paso firme hacia el porvenir. El motor incentivador pasaba, igual que ahora, para aprovechar las diversas ventajas de los diversos territorios con el fin de incrementar los márgenes producidos en la actividad productiva. Entonces se buscaban básicamente las ventajas en cuanto el coste de la mano de obra y de materias primas. Ahora, a estos, que siguen siendo importantes, se suman los aspectos asociados a políticas de fomento de la actividad productiva, las políticas medioambientales, el potencial de desarrollo del mercado cercano, la formación de la gente, las actitudes de la población , la conectividad y las infraestructuras, y la capacidad de innovación. Podemos constata que la ecuación se ha vuelto más rica y muchos más compleja, ya que cada vez hay más factores involucrados. En aquel periodo, las tensiones sociales, y políticas condujeron a dos graves confrontaciones armadas mundiales que frenar bruscamente aquel proceso, que no se reabrió hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. Es por lo tanto, la segunda vez que se afrontan los retos derivados de la globalización económica y de rebote la interrelación social, un hecho que hay que considerar. Por un lado, es cierto que hay muchos factores nuevos, fundamentalmente aquellos derivados de la revolución informacional sustentada en las cuatro tecnologías que irrumpe con fuerza en el último cuarto del siglo XX: la digitalización, la informatización, las telecomunicaciones y el formato multimedia, que han posibilitado la transformación, como el inicio de la transformación, de la economía industrial a la economía del conocimiento, y por otra la irrupción con fuerza de las relaciones humanas no pautadas o preestablecidas. También es cierto, sin embargo, que las pautas culturales y los desequilibrios sociales actuales no se distancian excesivamente de los que regían el panorama mundial a inicios del siglo pasado, a la vez que la cibercultura y las redes asociadas se encuentran, hoy por hoy, lejanas del centros de poder real del planeta. En este proceso continuo de liberalización y mundialización de la actividad económica, social, informativa y cultural que caracteriza la sociedad del conocimiento, se incrementan las distancias entre los diversos colectivos y territorios en función de la capacidad de aprovechar las oportunidades arraigadas en la misma, ya la vez se segmentan, estos colectivos, en función de sus capacidades y tipología de los productos y servicios capaces de generar. Es en este contexto donde la capacidad de acceso al conocimiento ya las herramientas y útiles tecnológicos se convierte en crucial para desarrollarse en individual y colectivamente alcanzando, o manteniendo, cotas de progreso y bienestar. La sociedad actual, plural y desequilibrada, configura colectivos humanos heterogéneos y asimétricos, donde su desarrollo pasa por la competitividad de cada uno de ellos. Plantearse los retos de la competitividad y afrontar los convierte en la piedra angular donde se apoya el progreso y paralelamente la consolidación de toda sociedad independiente y libre. En este escenario, y considerando los países más avanzados, su economía tendría que centrar sus esfuerzos en mejorar su competitividad, en la capacidad de transformar la información en capital de conocimiento y gestionarlo de forma eficaz. En definitiva, hay que asumir que los países más avanzados, la vía de progreso pasa por la competitividad basada en la innovación, en contrapunto a la de coste, una vía reservada para aquellos países que no han alcanzado todavía los niveles de bienestar y progreso de los que dispuesto en el primer mundo y que siguen basando su competitividad en unos costes de producción más bajos. Cataluña todavía está sufriendo la adaptación de un modelo a la otra y es en el éxito de esta transformación que nos jugamos el devenir del país. La vía de la innovación,-como proceso para lograr nuevos productos y servicios, y optimizadora de los procesos productivos para alcanzar altas cotas de generación de valor-se fundamenta en la elegida Ciencia, Tecnología y Diseño, en contrapunto a la sociedad industrial que fundamenta su desarrollo en los recursos productivos y las materias primas. Este hecho varía de forma significativa el desarrollo y significación del trabajo, y señala la pérdida de la hegemonía de los parámetros rectores de la sociedad industrial. En cuanto a la terna Ciencia, tecnología y diseño, hay que constatar la importancia creciente del diseño en la sociedad actual, un hecho no nuevo pero que resurge con fuerza renovada en el último cuarto del siglo XX. En la tradicional y reconocida importancia del binomio Ciencia "Técnica de la era industrial y preindustrial, se suma el diseño en aportar valor diferencial, entendido como ’seducción de la forma y riqueza en contenido’, junto a la capacidad de evitar la exclusión por motivos culturales, formacionales o de género. Un ejemplo de que el diseño es una cuestión que va mucho más allá de la estética, se evidencia en el seno de la sociedad del conocimiento y los entornos sintéticos del ciberespacio. El ciberespacio "una página web, la sede electrónica de un congreso como este, un sistema de mensajería electrónica, un sistema de aprendizaje electrónico, una red de dispositivos de videoconferencias, etc., en tanto que espacio completamente artificial, la cuestión del diseño pasa a ser, sin duda, un aspecto de primer orden. La forma en que imaginamos y producimos un ciberespacio para ser usado, para sus usuarios, determinará en última instancia quién puede acceder, quien se puede beneficiar, quien aprovechará y hasta qué punto será un espacio de inclusión o exclusión social. En este contexto determinante del diseño, es fundamenta la opinión cada vez más aceptada que el diseño ya no es sólo un valor estético, al contrario: es básicamente un valor estratégico para las empresas y organizaciones avanzadas, a la vez que para los colectivos humanos la herramienta básica para hacer posible la sostenibilidad, que no es más que enfocar la solución de los problemas y necesidades de hoy de manera que no comprometa o impida el desarrollo y progreso de las próximas generaciones. Algo que obliga tanto a la minimización del impacto ambiental de los productos, como la óptima utilización de los mismos. En esta línea resulta crucial entender que debería sobrepasar los ajustes centrados en la minimización del impacto ambiental de las industrias, y el proceso y reciclaje de los residuos; hay entorno a los problemas derivados del uso, ya que la mayor parte del derroche de recursos y contaminación se produce en esta fase del ciclo de vida del producto, y no sólo al principio y al final donde el impacto suele ser sólo entre el 10 y el 20% del total. Se recuerda a modo de ejemplo los aparatos de refrigeración o los vehículos con motores de explosión. La función y la necesidad del diseño en general, entendido fundamentalmente como tercer componente del proceso de innovación y elemento que armoniza el desarrollo de hoy y del mañana, se evidencia con fuerza renovada cuando se analiza la incuestionable cambio climático con independencia de que el origen de sus causas sea el hombre, la sobreexplotación del planeta, el despilfarro de los recursos, o los ajustes periódicos que se sometido nuestro planeta Tierra, entendido como ’elemento vivo’ según la teoría Gaia. Hoy se ha asumido que el cambio climático es un hecho con implicaciones económicas inmensas y con consecuencias impredecibles para el desarrollo humano. Pero si es incuestionable la importancia del impacto, de acuerdo a los informes que se van conociendo desde diferentes sectores, también es cierto que el hombre puede y debería trabajar para evitarlo, minimizando los efectos negativos que puede tener sobre la salud, el desarrollo social y la economía. He querido poner de manifiesto algunos aspectos, que de bien seguro permiten y requieren debate, pero que evidencian la importancia del diseño, y que me permiten manifestar, que muchos somos los que creemos que el diseño, que ha sido capaz de convertirse en el eje vertebrador de la inclusión de los avances científicos y tecnológicos en los productos, servicios y procesos, es ahora la piedra angular para afrontar la multiproblemática actual. Una problemática sólo abordable con un proceso sistemático, continuo y riguroso de innovación, desarrollado por equipos plurales y heterogéneos que asuman con plenitud el potencial en cuanto simbióticamente se gestiona el avance científico, el desarrollo tecnológico y el diseño. La forma en que imaginamos y construimos las ’cosas’ para ser usadas, es una tarea de enorme responsabilidad y el diseño tiene y tendrá una importancia capital, que se traducirá en el modelo de acceso al conocimiento y en el modelo de sociedad que viviremos, de cómo lo hacemos se derivará construir una sociedad equilibrada social y ecológicamente, o todo lo contrario. Asumida la importancia determinante en cuanto a construcción del futuro del diseño, empleado simbióticamente con la ciencia y la tecnología, tendrían que aceptar que a pesar del potencial que aporta al proceso innovador, la innovación no es suficiente para competir en la economía del conocimiento. Hay que aplicarla a una finalidad clara que es la mejora continua en un entorno complejo, asimétrico, cambiante y desregularizante. Es en este sentido donde la elegida globalización, productividad e innovación se convierte en la clave para alcanzar la competitividad. Una triada compleja en cuanto a su gestión, que requiere buscar el equilibrio óptimo entre los diversos componentes por cada valor o nivel de competitividad posible, ya que la composición de los componentes en un determinado momento, condiciona el valor o nivel de competitividad del futuro. Identificar los componentes, y dar el peso óptimo a cada uno de ellos en la ecuación a resolver es el objetivo a alcanzar para ganar el reto de la competitividad, y la vía para generar los recursos que garantizan el avance libre de las sociedades . Hay que comprender que la globalización, supera el concepto de internacionalización tal como se entendía hasta que la interdependencia, la apertura de los mercados y la liberalización modificaron el escenario y obligaron a entenderla como la capacidad de distribuir el proceso a lo largo del planeta, simultáneamente a disponer de productos aceptados y reconocidos en diversos mercados. Así pues, asumir la globalización y extraer ventajas conlleva la gestión simultánea de los conceptos, tangibles e intangibles, que acote y definen en primer lugar la localización de la producción, y la logística asociada, en segundo la internacionalización del producto, y en tercero, la capacidad de convertirse en referente en cuanto a los servicios y los productos, gracias al valor de los mismos y la calidad del servicio. Un reto complejo al alcance sólo de aquellas que presiden la organización de conocimiento compartido y trabajo en equipo. La productividad que se fundamenta en las infraestructuras y su aportación a la interrelación y conexión al mundo. El equipo humano que configura la organización en el que coexisten liderazgos, compromisos, habilidades, conocimientos y actitudes. Y finalmente el entorno o el territorio donde se desarrolla la actividad, el espacio donde las personas crecen profesionalmente y socialmente. Sólo con la armonía y el equilibrio entre los diversos componentes que configuran las infraestructuras, el equipo humano y el territorio la productividad alcanza cotas óptimas. En cuanto a la innovación debe plantearse como innovación integral, que conlleva aplicarla a producto, organización y proceso, que obliga a gestionar y considerar aspectos científicos y técnicos, culturales, conocimientos y formación de las personas, mecanismos de toma de decisión , capacidades de interrelación y cooperación etc. Todo un conjunto de hechos, que se centran en la capacidad de las personas y su talante muy vinculado a la cultura que impregna sus actuaciones. La innovación requiere de una actitud específica, a nivel individual y colectivo, que no puede rehuir de asumir riesgos, saber que todo tiene fecha de caducidad y que quizás de utopía de hoy no lo será mañana. Se puede concluir, que la competitividad basada en los conceptos anteriores, única vía para las sociedades prósperas, requiere disponer de personas altamente formadas y capacitadas en conocimientos abstractos, para posibilitar seguir desarrollando a comprendiendo e incorporando los avances científicos, también en conocimientos instrumentales que permiten extraer con eficiencia y eficacia las potencialidades de las herramientas tecnológicas, y en valores actitudinales, de importancia creciente, para facilitar el trabajo interdisciplinario en equipos heterogéneos y plurales que afrontan con libertad la obsolescencia y con compromiso la mejora de la existente y la creación del nuevo. Así pues, Quisiera finalizar enfatizando la complejidad en que se arraiga la competitividad, pero a la vez expresó la convicción de que la competitividad se convierte en la clave en una sociedad globalizada con independencia de la dimensión del país o de la organización. Una competitividad basada en el factor humano, o capital social, en el talento de las personas. Un talento, pero que sólo puede aflorar si se desarrolla en libertad, pluralidad y con un acceso al conocimiento abierto y compartido. Para acceder a la vídeo-conferencia hacer click aquí. Antoni Garrell i Guiu Director General Fundación FUNDIT 17 de noviembre de 2006